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Memorias de papel: Reconciliación, Testimonio y Literatura

 Hazme amargo

Cuéntame con las almendras

Paul Celam 

A Francy

Con todos los motivos

Toda obra de arte que pretenda considerarse honesta consigo misma nace de una desgarradura, un dolor, un pliegue que sólo puede cicatrizar a través del gesto artístico. De no ser así, la obra terminaría quedándose en lo anecdótico, en un éxito editorial que simplemente pasa, y no se detiene en el imaginario estético de las comunidades donde ésta se inserta. Sin embargo, ese dolor no puede pensarse como algo que posiblemente llevará a la rabia, el resentimiento y, por último, la venganza.. Todo lo contrario, aquel hace catarsis a través de los movimientos del pincel, del trazo del escritor, de ese tac tac que hacen las teclas cuando martillan la obra.

La literatura es, también, un triunfo contra el olvido. Es por eso que ella resulta imprescindible para poder pensar verdaderos procesos de reconciliación, donde la justicia y la memoria sean satélites que giren en torno a ella. Para el escritor judío-italiano, Primo Levi (1919–1987), la escritura es un Deber de memoria. Tras su reclusión en Auschwitz, su percepción cambia como creador. Sobrevive. Pero ello no basta, el hecho de haberse salvado de tantas y muy posibles maneras de morir en ese territorio concentracionario, hacen de su vida -que podría haber sido íntima y privada-, un asunto público. En él respiran todos los que dejaron de hacerlo, en sus palabras hablan los que ya no tienen voz, los que la perdieron y los que aún teniéndola no pueden volcarla en el lenguaje:

 Sentía que el tema de la indignación debía prevalecer, era un testimonio casi jurídico y buscaba realizar una acusación, no para producir represalias, venganza o castigo, sino para conservar el testimonio.[1] 

 Ser testimonio y memoria viva de lo que pasó para comenzar a forjar verdaderos caminos de reconciliación. Ahí es donde la literatura se convierte en un agente determinante de estos procesos. Como dijera García Márquez al hablar de su obra como impulsora de “vínculos de solidaridadentre hombres y mujeres, que cada uno se sienta en el dolor del otro”.

Solidaridad y amor nos ofrece el poeta peruano César Vallejo (1892–1938), cuando nos habla desde el corazón de una guerra, olor a sangre y pólvora. Desde esta desolación, logra lo que bien podría parecer un imposible: la humanización de la guerra, el reconocimiento de mi enemigo como parte propia, trasladando el dolor ajeno del que se desangra al alma de quien ha disparado:

 

 

 MASA (1937)

Al fin de la batalla,

y muerto ya el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: "No mueras, te amo tanto!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:

"No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, 

clamando: "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuo,   

con un ruego común: "¡Quédate, hermano!" 

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra 

le rodearon; les vió el cadáver triste, emocionado;   

incorporóse lentamente,  

abrazó al primer hombre; echóse a andar...

 

Vallejo nos invita a la reconciliación, más allá de quien tenga o no la razón ideológicamente. Su dolor no es de militancia partidista, es un desmesurado amor por el otro, por la humanidad, quien muere es un ser vivo, no es un color, una bandera, un himno, un manifiesto, es un ser vivo. Ahí se manifiesta la reconciliación en cada golpe de tinta.

            Otro ejemplo es el poeta español, Miguel Hernández, escribiendo desde la cárcel, donde moriría preso de los odios de la victoria:

 

TRISTES GUERRAS 

Tristes guerras

si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.

 

Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes, tristes.

 

Tristes hombres

si no mueren de amores.

Tristes, tristes.

 

 Hernández se indigna ante la guerra pero no ante el ser humano, aún siendo víctima de él. Su llamado a las palabras y al amor. Lo hace con la conciencia de que en cualquier momento va a morir y, aún así, nada altera su corazón; su apuesta continúa siendo por el triunfo de la humanidad, ante quienes a golpe de odio y gatillo hacen todo lo posible por negarla.

El poeta alemán Bertolt Brecht (junto a Martin Niemöller) ataca la noción de indiferencia ante el dolor ajeno, y es que ésta no es otra cosa que un olvido consciente y voluntario. El poeta nos invita a dejar de ser testigos meramente presenciales de las arbitrariedades para reivindicar la solidaridad y el compromiso:

 

¿Qué hubiera dicho Jesucristo? (1946)

 

Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,

guardé silencio,

porque yo no era comunista,

 

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,

guardé silencio,

porque yo no era socialdemócrata,

 

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,

no protesté,

porque yo no era sindicalista,

 

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,

no protesté,

porque yo no era judío,

 

Cuando vinieron a buscarme,

no había nadie más que pudiera protestar.

Colombia no es ajena a estas preocupaciones, la literatura se vuelve tan fundamental como funcional para pensar la reconciliación, a través de la escritura, de su registro, es posible salvar la memoria para que tanto dolor no se siga reproduciendo. Que la muerte duela en tanto acontecimiento que descoyunta la vida, que la rompe; que su ausencia se sienta en tanto cuerpo que camina y ama y respira, que el mundo se salga de su órbita por ese cuerpo que se convierte en polvo y olvido. Ese es el primer paso para la reconciliación: asumir todos los muertos y no sólo unos cuantos como víctimas.

En el poemario de María Mercedes Carranza, El canto de las moscas (1997), se cuentan 24 pequeños poemas, cada uno con el nombre de un pueblo donde se cometió una masacre. En ellos no importa el victimario sino la víctima, en ellos algo ha pasado y si no hay un duelo honesto y colectivo, la tierra no se permite tanta indiferencia:

 

 

HUMADEA

Ve a                                                   

Humadea y mira                                 

sus calles de aire:                                            

ríos rojos repletos                                          

de garzas blancas.

Ríos quietos.

 

URIBIA

Cae un cuerpo

y otro cuerpo.

Toda la tierra

sobre ellos pesa.

 

 

AMAIME                                                    

En Amaime                                        

los sueños se cubre                             

de tierra como                        

si fueran podredumbre.                                              

                                                                      

 DONCELLO

El asesino danza

la Danza de la Muerte.

A cada paso suyo

alguien cae

sobre su propia sombra.

 

BARRANCABERMEJA                           

Entre el cielo y el suelo

yace    

pálida Barrancabermeja.                     

Diríase

la sangre desangrada.  

 

TARAIRA

En Taraira

el recuerdo de la vida

Duele.

Mañana

será tierra y olvido.

 

            La literatura nos dice que la reconciliación es un asunto que desborda lo normativo y lo jurídico, porque un decreto poco puede hacer ante un cuerpo vejado por la muerte y el olvido. Estos poetas y la propia literatura nos hacen ver que el conflicto no son sólo consecuencias económicas, ideológicas e intereses políticos, sino vidas que aman y sueñan las que están cayendo. El verdadero coste del conflicto no puede capitalizarse como potencial electoral, no debe capitalizarse de ninguna forma. Debe ser un largo llanto, un duelo honesto por el vacío de alguien a quien se quiere, pero también por aquel que nunca conocimos y acaba de morir. Ese es el verdadero camino a la reconciliación: tener la capacidad de sentir toda manifestación de dolor. En este sentido, la literatura es un campo capaz de hacer despertar sentimientos que creíamos no podían volverse lenguaje. Incluso, llena de piel las palabras.   

 

 

Por: Arturo Charria - Martes, 19 De Agosto 2008

1648 Lecturas

Comentarios


Andrew | 2009-06-15 12:18:57

jejej tomas


tomas | 2009-06-11 19:26:33

jejejejeje arturo


Ariadna | 2008-08-23 11:50:09

Un artículo refrescante desde varios puntos de vista. El primero, su alusión al conflicto armado colombiano, no en cifras, no en opiniones políticas, sino desde la perspectiva de la literatura como espacio de reflexión, de memoria colectiva, de reconciliación. El segundo, la reflexión en torno al mismo conflicto desde la perspectiva de los seres humanos, de una parte, en tanto la literatura constituye una de sus mejores expresiones, y de otra, en tanto son las verdaderas víctimas.


Andrés | 2008-08-21 21:49:22

Varios autores se han esforzado en plasmar esa realidad colombiana, resalto a Fernando Soto Aparicio y a Germán Castro Caicedo, dos enfoques diferentes de una misma Colombia.


Sjake | 2008-08-20 12:05:37

No pude evitar leer varias veces los poemas que puso... Excelente. Colombia necesita que la narren, hay más de colombia en sus canciones, en sus libros, en sus películas, que en los libros de historia, que en las leyes, que en el Congreso. A la falta del relato nacional y de identidad, el arte, las palabras, las historias, los relatos, los poemas y los pensamientos. mejor dicho asipienso debería convertirse en la forma en la que muchos de nosotros hacemos reconciliación, paz, solidaridad, patria, nación, paz.

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