Así Pienso | Artículos
Irresponsabilidad, poesía y experiencia.

Por el diciembre que te vio nacer
Y por la felicidad de haberte conocido.
Irresponsabilidad, poesía y experiencia.
Es mentira. La poesía no es mi oficio.
Ni siquiera hay tiempo para ello. Pero… ¿y si hubiera tiempo?
Quince minutos no bastan, una hora no basta, quizá dos horas, dos horas diarias.
Oscar Torres Duque, Oficio
Si no es para leer poesía que dejas que pase de largo el bus, si no llegas tarde a la cita de las 4 porque llegaste antes a un poema, si no se te riega la leche mientras la hierves o se deshacen las pastas en ese caldo que arde como el estigia al mediodía; si no aplazas la ida al cine, los noticieros, la entrega de un trabajo, el pago de la luz, el agua, el teléfono, lavarte los dientes, perder el vuelo, ayunar sin teología, la cita médica, la asistencia a un velorio, el encuentro con tu propia muerte. Si todas estas cosas no se aplazan por que te detuvo un poema, entonces no valen la pena, nada justificará la demora, los incumplimientos, el hambre, la incertidumbre, la vida, la muerte.
Se equivocan quienes creen o esperan hallar en la poesía esa palanca que moverá el mundo, se equivocan, a ellos –y a los otros también- les digo que la poesía no sirve para nada: no te hará volver con un amor que dejó de ser, no devolverá la respiración a ningún Lázaro, ni te hará más inteligente, jamás un poema ha detenido el crecimiento de la pobreza, un poema no ha evitado el nacimiento de nuevos tiranos. Al contrario, acércate a ella y verás la herida que deja el tiempo; el sabor del alimento sin la sal; ese olvido que no cesa. No esperes nada de ella: la poesía no revela, no complace. Es un golpe, áspero, como si César Vallejo pasara de largo y se riera de nuestra esperanza. Pero no te corras, asume la desnudez de la experiencia poética, su honestidad, sin paliativos, sin demagogia: déjala caer, y si no llega, no te sientes, mantén la posición –no la esperanza- y algo tendrá que retornar, al menos ese bucle que se hace largo entre el eco y la soledad.
Ahora que el poema ha bajado de peso si vale la pena robar un banco, llenar los bolsillos con todos los billetes y comprar las obras completas de ese poeta que antes mirábamos entre el ruido y las vitrinas. Robarlo y dejar el rastro, esperar en la mecedora a que repiquen las sirenas; reírse del capital mientras damos vuelta a la página. Soportar las miradas de reproche, los insultos, el dedo y la toga; el arbitrio y sus pupilas.
***
La poesía es imposible. Sabemos que está, que anda por ahí, que respira y rimbombea entre las cosas, se detiene en ellas y luego las abandona. Está cuando nos detenemos frente al verso, luego sigue otro rato en nuestros oídos, pero, al final, termina diluyéndose entre el smog y la suma de los afanes cotidianos. Y hay veces en que nos puede: persiste. Nos sorprende pasando una calle o esperando en la fila de un cajero. Nos devuelve sobre ese día y ese verso: nos arrincona el corazón, lo atrinchera, lo aprieta con tres puños, con cuatro, con todos los puños. Pero no se repiten las palabras, apenas una vaga sensación, como los días en que recordamos el sabor de una mandarina o un helado. No son palabras, ni tildes, ni gramáticas; pero es. Y ese es nos inquieta. Entonces queremos volver al mismo sitio, al menos al mismo verso. Llegamos a él. Ahí está el poema, con toda la ortografía en su sitio, con las letras ubicadas en su justo orden, pero ya no nos gusta tanto. Antes era mejor, cuando esa vaga sensación asfixiaba la memoria y nos llenaba de un riguroso olvido voluntario. Nos gustaba más nuestra versión, la que estaba llena de cacofonías y lugares comunes, la que nos devolvía sobre esa niña y ese parque, la que jamás ganaría un premio, ni siquiera un aplauso, pero que para nosotros resultaba más íntima que el resto de la literatura. Entonces olvidamos la sensación y comenzamos a memorizar la biografía del autor; aprendemos el poema en su totalidad: sus acentos y cadencias; sabemos las fechas, los nombres precisos, las generaciones, las anécdotas. Que le vamos a hacer, los exámenes necesitan la certeza, aunque esta nada tenga que ver con la poesía.
***
Los asuntos poéticos poco tienen que ver con las palabras y el papel, están por encima de ellas, la materia de la poesía no es el libro, la métrica, su arquitectura interna. La poesía es en la medida que tenga la capacidad de producir imágenes, de capturar el instante de un sentimiento y que éste, en el poema, se sostenga aún por encima del tiempo. La poesía debe devolvernos sobre la inocencia de algo que quizás perdimos sin darnos cuenta y que ahora notamos y sufrimos su ausencia. No se debe leer el poema, se debe habitar en él: caminarlo con los ojos como se va y viene por una calle, detenernos en sus bordes, sentir el vértigo de pasar un verso como el día en que nos saltamos un semáforo y los carros rompían la carretera. Pero, no se vaya a creer que la poesía es un acto de bondad, donde toda metáfora nos hace suspirar hasta sonrojarnos del temblor interno, es todo lo contrario, el verdadero gesto de la poesía es el que tiene la capacidad de arrancarnos verdades, quitarnos las certezas, las seguridades con las que antes nos enfrentábamos al mundo y vivíamos en él; nos quita esa vanidad que implica ser hombres y mujeres, sospecha de la ciencia, de Dios, de la escuela, de la condición humana, de la política, de todo aquello que se nos ha vuelto refugio. La poesía nos quita el piso, el techo, las paredes y nos deja solos ante un espejo, nos acercamos y vemos como nuestro rostro se va deformando, mostrando nuestras vilezas, entendemos entonces por qué Edipo se arranca los ojos y se destierra de sí mismo, entonces escuchamos esas voces que nos dicen: no eres nada, tan sólo un pobre barro pensativo, un mala sangre, una muchedumbre de fantasmas ebrios, leprosos blancos.
Los heraldos negros
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda
Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
César Vallejo
De lo que soy
En este cuerpo
en el cual la vida ya anochece
vivo yo
vientre blando y cabeza calva
pocos dientes
y yo adentro
como un condenado
estoy adentro y estoy enamorado
y estoy viejo
descifro mi dolor con la poesía
y el resultado es especialmente doloroso
voces que anuncian: ahí vienen tus angustias
voces quebradas: pasaron ya tus días
La poesía es la única compañera
acostúmbrate a sus cuchillos
que es la única
Raúl Gómez Jattin
Por: Arturo Charria - Domingo, 11 De Enero 2009
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Comentarios
aoozncx | 2009-10-16 09:19:48
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Andrés Torres | 2009-03-27 00:48:50
Excelente... si, excelente, no hay mucho más que decir. Ya lo dijo ud.
Juan David Parra | 2009-01-26 16:04:35
Muy inspirador
Marie Jacob | 2009-01-23 19:41:47
=) Ay me morà un poco. Y me enamoré otro.
Jorge Andrade | 2009-01-20 17:34:01
Que ¡puto buen texto Arturito! putisimo buen texto: eso, exactamente eso es la poesÃa, asà se vive y es la única forma de vivirla. Tremendo el último verso de Jattin además… un abrazo hombre.