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Especismo e inmoralidad

Me gustaría reflexionar sobre un tema frente al cual debo aceptar mi actitud escéptica durante varios años de vida conciente. Nos podríamos adentrar en un debate muy amplio que vale la pena distinguir en diferentes etapas de argumentación. En esta ocasión me quiero remitir solo a una de ellas; hablemos de la crueldad en contra de la vida animal.

El respeto por todo tipo de vida animal es un deber moral. Dentro de ésta incluyo desde luego a los animales humanos y a aquellos que no lo son. El comprender que las especies comparten vínculos de igualdad puede no hallarse dentro los límites del sentido común, aunque la extensión del mismo llevará por si solo a esta inescapable conclusión. Este es el mensaje de Peter Singer, autor del clásico escrito “Liberación animal”[1] publicado por primera vez en 1975:

“La igualdad es una idea moral, no la afirmación de un hecho. No existe ninguna razón lógicamente persuasiva para asumir que una diferencia real de aptitudes entre dos personas (o especies) deba justificar una diferencia en la consideración que concedemos a sus necesidades e intereses” (p. 40).

A la luz de muchos, puede parecer insensato poner a hombres y bestias dentro de una misma línea evolutiva. Sería sin duda incorrecto. Existen características inherentes a cada especie que necesariamente las diferencia en espectros tanto físicos como morales. Sin embargo, vale la pena indagar frente al punto intermedio entre el especismo (término acuñado por Singer para describir la discriminación de una especie hacia otras) y la desfachatez ética. La clave reside en la capacidad de sufrimiento; no debemos preguntarnos: ¿pueden razonar?, ni tampoco: ¿pueden hablar?, sino: ¿pueden sufrir?” (p. 43)[2].

 

Comencemos por distinguir a los humanos concientes (adultos física y mentalmente sanos) con los animales no humanos. La diferencia parece evidente. Ambos pueden sufrir, pero el sufrimiento difiere tanto en intensidad como en causalidad. La inflexión recae en la psiquis de cada uno. El animal humano cuenta con la capacidad para anticipar el futuro y planearlo, aspecto que lo vuelven vulnerable a la angustia y la frustración. Muchos animales no humanos cuentan con memorias temporalmente reducidas, hecho que los hace llevar una vida compuesta de momentos. En este sentido, es sin duda moralmente más repudiable, por ejemplo, el secuestro de un hombre que el de un animal no humano.

A continuación valdría la pena preguntarse: ¿tiene cada forma de vida un valor diferente? Singer nuevamente lo anticipa: “El mal que causa el dolor no depende en modo alguno de las otras características del ser que lo siente, mientras que el valor de la vida sí se ve afectado por estas características” (p. 57).  La respuesta es un si condicionado. Para comprenderlo debe entonces ahora hacerse la distinción entre un animal humano no conciente y un animal no humano. La conclusión del autor puede resultar difícil de canalizar, pero goza con toda la significancia de un razonamiento lógico y coherente.

 

El argumento revierte simplemente en considerar que existen algunos seres incapacitados, nuevamente tanto en planos físicos como mentales, para desarrollar a cabalidad sus aptitudes humanas. Háblese, puntualmente, de personas con algún tipo de impedimento mental, psicológicamente distanciados de los de su especie y limitados ante la interacción y la consciencia. En otras palabras, animales humanos que pese a poder padecer del dolor físico, se encuentran incluso por debajo de la vulnerabilidad ante el sufrimiento mental de la mayoría de los animales no humanos. Si los principios morales, al menos los occidentales en este caso, nos obligan a respetar este tipo de vida (argumentos que mantienen vivos debates como el del aborto o la eutanasia), el no guardar respeto por la de seres más aptos para sufrir es simplemente inaceptable.

 

Ahora, ello no conduce necesariamente a concluir que matar animales sea moralmente incorrecto. La existencia de una cadena alimenticia es un argumento suficiente. Quiero recalcar que estamos librando un debate moral. El vegetarianismo, tema que me gustaría explorar en una próxima ocasión, puede incorporar extensiones de estos criterios básicos. Por lo pronto demos la posibilidad a las prácticas carnívoras condicionadas a una reflexión que por inercia nos es presentada: “El dolor y el sufrimiento son malos en si mismos y deben evitarse o minimizarse” (p. 53). Es tan simple como el mencionarlo.

 

Para finalizar, vale la pena dedicar unas cuantas líneas al contexto de la disertación de Singer. Los sistemas industriales de matanza animal maximizan el sufrimiento de las criaturas que se convierten en parte de nuestra alimentación diaria (quien guste explorarlo puede encontrar referencias de fácil acceso en Internet). Es un deber moral minimizar todo aquella carnicería de dolor. Existen formas mas correctas de matar a un animal para aprovechar su carne. Hay canales para promoverlas, como el consumir viandas provenientes de mercados justos con el sufrimiento animal no humano. El camino más extremo es de eliminar el consumo de carne roja, aspecto en el cual, por el momento, no vamos a profundizar.

 

Creo firmemente que no se trata de simple benevolencia. La razón de la que tanto se jacta ostentar el hombre cierra ese contrato moral. De otra forma estaríamos subestimando nuestra propia inteligencia. Vale la pena, cuando menos, empezar a meditarlo. 

 

Referencia

 

Singer Peter, 1999, Liberación Animal, Editorial Trotta, S.A, Madrid, España

(http://www.animanaturalis.org/d/365)



[1] Es un texto interesante que recomiendo a todos. Lo pueden descargar en el siguiente vínculo: http://www.animanaturalis.org/d/365

[2] Este extracto proviene de la obra de Jeremy Bentham, filósofo utilitarista, citada por Singer en su libro.

Por: Juan David Parra - Martes, 9 De Junio 2009

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