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Un mal mayor

A menudo nos quejamos de las crisis, la escasez y la falta de oportunidades, pero muchas veces ignoramos que obramos en su búsqueda. El hombre contemporáneo es un ser insaciable, que ha puesto su vida como un simple medio para lograr realizar fines intrascendentes. La felicidad hoy es tan solo estereotipo que se alimenta de la codicia masiva, ignora la realización personal y se mide tras la acumulación de activos físicos.  En consecuencia, en medio de un mundo donde no todos llegan a saciar su frenetismo por la replicabilidad de cierto status socio-económico, vivimos en la época del suicidio, el divorcio, la anorexia y el prozac.  Como diría Lipovetsky: la era del vacío.

Muchos economistas han salido a plantear robustas teorías frente a la insostenibilidad financiera que acontece el año que vivimos. La mayoría han aceptado la incomprensión completa del fenómeno, reduciendo todo argumento a una suposición estadísticamente verificable. Las propuestas de política son las recurrentes: emisión monetaria, control gubernamental; soluciones de corte macro económico.

Pero como planteaba Hernan Hesse, si tan solo tuviéramos una ciencia con “el valor y la fuerza de responsabilidad para ocuparse del hombre y no solamente de los mecanismos de los fenómenos vitales”, tendríamos la capacidad de reflexionar más a fondo frente a la crisis instrumental que limita la máxima realización del ser humano: el ser feliz.  Su opinión se sitúa en el espíritu simplista que nos gobierna: “No hay medicina en el mundo que pueda sostener a quien tiene la intensidad vital tan debilitada desde el principio”

Yo me atrevería a culpar al cinismo promulgado por el pragmatismo. Los científicos sociales han contribuido a este caos. Los académicos presentan análisis racionales de cómo amar, como sentir e incluso como tomar decisiones con respecto al futuro. Con poca frecuencia se nos enseña a estudiar lo que nos apasione, por temor a no lograr una vinculación al sistema productivo nacional. El concepto del valor presente (descuento de flujos futuros de una inversión utilizando una tasa de interés dada) ha sentenciado al humano a dejar de soñar a cambio de contentarse con mantenerse vivo.

Y así la vida humana a perdido su valor. El talento se ha abandonado por el refugio en la supervivencia. Las facultades de negocios en las universidades prosperan, al tiempo que la pasión por el arte declina. La música, la pintura, el diseño de hoy no son más que mercancías. El mercadeo es el centro de nuestro universo; crear necesidades y hacer infelices a más personas tras volverlas dependientes de productos perecederos. ¿Y todo a cambio de qué? Un Ipod que habrá que reponerlo en poco más de un año, un laptop de última generación que se habrá depreciado sustancialmente en un mes, unos jeans desteñidos que pasaran de moda el próximo verano, una pareja interesada en nuestra forma de vestir más que en la de pensar.

Nada tiene sentido. Y esta es precisamente también la razón profunda de una crisis aun mayor. Incluso los economistas deben reconocerlo. Al tiempo que las personas se alinean más con “el prepararse para el futuro” violan las más simples pero importantes lógicas de la economía fundacional. Si la sociedad como un todo se dedica a valorar el mero pragmatismo, el ser pragmático se devalúa, pues habrán más personas demandando una vida “normal”. El resultado, habrá menos empleos “normales”, y menos posibilidades de satisfacer una vida “normal”. La crisis se gesta cuando la gente deja de poder comprar casas, carros y ropa de moda. Nadie ha hablado de una disminución en la capacidad de soñar, imaginar, crear (una creación no exclusivamente productiva) y amar. Sin embargo, y sin duda, la desviación hacia el pragmatismo degenera la importancia de todas estas cualidades humanas, al parecer de baja rentabilidad.

Si por el contrario cada cual se dedicase a vivir de la pasión, quizás existirían menos incentivos para la reproducción de males frecuentes. La gente tendría menos hijos pues ser haría menos necesario contar con una mano de obra propia en el hogar. Muchos trabajarían menos pero producirían más. Las monedas perderían su poder de esclavizar y las uniones maritales se derivarían de más razones sentimentales y menos económicas. Tendríamos Monets, Platones, Mozarts y Shakespeares modernos, habría una menor dependencia por los psico-áctivos y menos reflexiones mercantiles del alma consignadas en obras burdas de superación personal. Existirían menos odios fundamentados en la simple posesión de oros negros, verdes, blancos y dorados. La deforestación podría controlarse y Ronald Mac Donald dejaría de tener el poder de elegir presidentes o parlamentarios.

Debemos reformular las cosas.  Hay quienes lo han comprendido. La vida no es medio, sino un fin en si mismo. El pragmatismo mal direccionado es dañino. El ser práctico puede resultar irrelevante. Creo firmemente que la conquista de la felicidad es el mejor camino hacia el éxito, y no al revés. Todo revierte en dar posibilidad a nuestra humanidad. La insensibilidad es cosa de las máquinas. La racionalidad de los computadores.

Por: Juan David Parra - Miércoles, 8 De Julio 2009

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Comentarios


Juan Guillermo Hernandez | 2009-08-30 13:55:19

Es ahi ante todo esa inmensidad del vacio, de lo banal, de lo superfluo, donde adquiere una mayor relevancia muchos de los postulados de grandes pensadores de la escuela de frankfurt, la cual a proposito del aniversario de tal vez uno de sus mayores exponentes Habermas, nos evoca a abordar desde una perspectiva diferente muchos de los temas de nuestro mundo moderno


Cristian Barajas | 2009-07-09 17:24:12

Completamente de acuerdo. AL ponerle precio a absolutamente todo, lo unico que se logra es desvalorizarlo.

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